El Silencio Oculto

Estaba entendiendo todo esto mal. Quería escribir cómo hace un par de días conocí por primera vez la zona arqueológica de Teotihuacán. Para escribir, quería llenarme de información y responder las mil y una dudas que nacieron en mí al vislumbrarme una vez más con la grandeza de las poblaciones mesoamericanas. La náusea no es eso. No es el espacio para ensayos completamente desarrollados o reportes revisados y pulidos; es el espacio en donde puedo escribir, en donde puedo hacer afrenta a la revolución de contenido generado por IA, a donde puedo escribir lo que vaya saliendo de la consciencia… sin mucho filtro, ni revisiones, ni ajustes.

La zona arqueológica de Teotihuacán se encuentra entre los municipios de San Martín de las Pirámides (me encanta el sincronismo aquí) y Teotihuacán de Arista (nombrado así por Mariano Arista, uno más de los injustamente olvidados por la historia y el verdadero pueblo mexicano. Presidente entre 1851 y 1853). Un viaje de entre una y dos horas desde la Ciudad de México con X. Emprendí mi viaje un domingo, temprano, a las 9 de la mañana. Para llegar hasta ahí, un poco de suerte: Paseo de las Jacarandas e Insurgentes Norte libre, tomar la autopista México-Pachuca y finalmente la autopista Ecatepec-Pirámides. Dos autopistas de peaje: El sistema de autopistas de cuota está roto. Es impresionante para mí, un norteño en esta parte interminable, inmensa, centralista y llena de hermanos en Cristo por todos lados del país, cómo está tan normalizado hacer filas de hasta horas debido al cobro de uso de la autopista en las casetas. Este caso no fue la excepción, un retraso de aproximadamente 45 minutos. Seis o siete carriles abiertos, pero solo 3 trabajando. ¡Viva México! Uno de los tres, solo efectivo. Ahora resulta que la "solución" al problema, el famoso tag o pase de recarga de prepago para evitar anglicismos, es perjudicial. Al fin, después de la caseta, solo 20 minutos separan al viajero del destino. La autopista está en buenas condiciones asfalticas, estéticas: deplorables. Alguien, algún gobierno, alguna administración alguna vez hizo el esfuerzo por decorar el camino con distintas representaciones mesoamericanas. Estas están ahora en 2026 descoloridas, incompletas, quebradas, tristes. Hay abundancia de basura y maleza en ambos sentidos de la autopista. Por varios kilómetros, la autopista está rodeada de distintas poblaciones del EdoMex. Tejabanes, casas de cartón, casas de concreto sin pintar ni estucar. Constantemente se observa a los pobladores en el "acotamiento" de la autopista, arriesgando la integridad al "asomarse" para saber si pueden cruzar o no, aunque el puente peatonal se encuentre a algunos metros. Mi intención no es juzgar; nadie sabe qué pasa en ese puente. Tanto puedes ser asaltado como ser tanto el cansancio que esos metros que desde la perspectiva del automobilista parecen pocos, bajo el sol de mayo y prácticamente ya fuera del valle de México... caminar hacia el puente no es opción.

Cuando por fin llegas a la entrada de la zona arqueológica, eres abordado por múltiples personas, todas ofreciendo algún servicio: venta de aguas, venta de pistaches, renta de motos (aunque ya estés en un auto). No pude platicar con ellas. Pero apuesto que son locatarios que viven del comercio. Se posicionan prácticamente enfrente del auto (del "coche") para que te detengas y escuches su propuesta. Hay una mirada triste en casi todos.

Vaya, no sé cómo llegué hasta aquí. Es evidente que tengo un gran deseo de escribir sobre "esta parte interminable, inmensa, centralista y llena de hermanos en Cristo por todos lados del país". Es tan ajeno para mí casi todo lo que se ve por aquí. Hay un aspecto social que no se conoce en el norte ni tampoco se vive. ¿Qué se gana con describirlo? ¿Para qué sirve la filosofía? Respuesta: Para estar consciente. El primer paso siempre es estar consciente.

Nadie sabe quién construyó la ciudad de Teotihuacán. Ahora son ruinas, claro. Pero todo parece indicar que fue una gran ciudad. Tan grande, que incluso se acepta que fue la más grande del hemisferio oeste entre el 100 A. C. y el 550 D. C., con una población de entre 125,000 y 200,000 personas. Nadie sabe tampoco cuál es el nombre de esta ciudad. Teotihuacán viene de los mexicas (aztecas) y esta es la parte para mí más interesante. Los mexicas, en su peregrinaje para encontrar Tenochtitlan, pasaron por Teotihuacan ya en ruinas. Esto es, para el tiempo de los mexicas, ¡esta ciudad ya estaba en ruinas! Ellos lo nombran como Teotihuacán. Nadie sabe tampoco por qué o para quién fueron construidas las pirámides, que son el atractivo principal de este lugar. Aunque técnicamente no son pirámides, son basamentos piramidales escalonados. Actualmente conocidas como la pirámide del Sol y la de la Luna. Ambas son accesibles a través de la hoy también nombrada: Calzada de los Muertos. Bautizada también por los mexicas, es el eje central que conectaba las distintas partes de la ciudad. También, llamada así por la creencia de los mexicas de que todo alrededor eran inmensas tumbas de las víctimas sacrificiales a los dioses. La calzada es el reto más grande, en mi opinión, de esta visita. 4 km de longitud, entre 40 y 50 metros de ancho, subir y bajar escaleras, ni una sombra o lugar de descanso. Sin embargo, es imprescindible recorrerla. Hay una sensación especial con cada paso. Tal vez sea mi sentimentalismo, pero es imposible no sentir, no recordar a través de la memoria genética cómo las personas recorrían este camino, lo que llevaban puesto, lo que cargaban consigo, la sensación de estar cada vez más cerca de las pirámides, del templo. Actualmente, está repleto de vendedores, algunos artesanos, algunos no. Colocan pequeñas mesas de madera algunos, otros un pequeño rectángulo de tela, donde colocan sus bienes para la venta. Con sombrero y todo su cuerpo cubierto, se sientan a esperar a la pasarela de multitud.

Yo no sé si también es mi sentimentalismo o no, pero hay una manera de diferenciar a los artesanos dentro de ese lugar. Los que no lo son tienen la misma mirada de angustia, de desesperación, de un cierto enojo ahogado como los de la entrada. Los artesanos te miran con algo casi triste. Una calma triste que sabe a paciencia.

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